Durante años he trabajado el desarrollo de la competencia personal, la construcción de la personalidad y la IE con menores. He diseñado sesiones, dinámicas y procesos con adolescentes y niños más mayores, y siempre he creído profundamente en este enfoque. Pero este año ha sido distinto. Este año el reto ha sido hacerlo con niños y niñas de cinco y seis años.
Lo que no podía imaginar es que, aun siendo un proceso mucho más costoso, exigente y lento, los resultados estuvieran siendo extraordinariamente potentes.
Un día de duda
Recuerdo un día concreto en el que mi ánimo estaba especialmente bajo. El nivel madurativo era menor, la capacidad de abstracción limitada, y en medio del cansancio comencé a dudar —aunque solo fuera por un instante— de la verdadera efectividad de todo aquello. Los conflictos se repetían, costaba mucho aplicar las técnicas y sentía que avanzábamos a trompicones. Ese día me notaba cansada, poco realizada, con la sensación de estar empujando una montaña.
Y entonces ocurrió.
El conflicto
Dos niñas entraron en conflicto. Una de ellas, con un perfil claramente alfa, una presencia fuerte, una capacidad enorme. La otra, también muy capaz, pero con una actitud más dócil, más conciliadora. La tensión fue en aumento. Las emociones estaban arriba, muy arriba. Y como siempre hago, no intervine resolviendo el conflicto por ellas. Mi papel nunca es dar soluciones, sino acompañar el proceso.
Les pedí que hicieran algo muy concreto: que explicaran cuál había sido su percepción de la realidad, qué pensamiento había surgido a partir de esa percepción y por qué eso les había hecho sentirse ofendidas. Este paso obliga a escuchar, a respetar la vivencia del otro y a aceptar que pueden existir realidades distintas, todas válidas. Es ahí donde se empieza a construir la flexibilidad cognitiva, la capacidad de entrar y salir del conflicto sin quedarse atrapado en él.
Durante unos minutos pareció que no había salida. Las dos seguían muy activadas emocionalmente. Y justo cuando pensé que la situación estaba completamente enquistada, una de ellas aplicó la técnica de forma espontánea. Miró a la otra y dijo:
—Vale, de acuerdo. Asumo mi responsabilidad. ¿Y tú asumes la tuya?
La otra niña se quedó pensativa. Bajó la mirada. Asintió. Y verbalizó en qué se había equivocado. La primera hizo lo mismo. En ese preciso instante, la tensión cayó. Se pudo ver con claridad en sus cuerpos, en sus rostros, en su respiración. El conflicto se disolvió.
Yo me quedé sin palabras. Que dos niñas de seis años sean capaces de hacer algo que muchos adultos no consiguen en toda una vida no es algo menor. Es un hito. Es la prueba viva de que este trabajo deja huella real.
Salí del aula llena de emoción, con ganas de contarlo, de compartirlo. Pero al llegar al patio me di cuenta de algo que me devolvió momentáneamente al silencio: sabía que, si lo contaba, muchos no comprenderían la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
Y aun así, fue profundamente revelador. Porque ahí entendí que, aunque no siempre sea visible, aunque no siempre sea comprendido, esto es sembrar conciencia. Y cuando se hace desde edades tan tempranas, el impacto es inmenso.
Eso es Teaching Soul.