Llegó diciéndome que estaba muy mosqueada.
Que había llorado mucho el día anterior. Muchísimo.
Los jueves, a última hora, se unen los dos primeros cursos para hacer ciencia. Ese día, como otros tantos, ocurrió algo que para un adulto puede parecer pequeño, pero para ella fue enorme.
Su amiga más cercana —y también su mayor rival— decidió irse a jugar con una niña de la otra clase. Una niña con la que compartió etapa en infantil. Cada vez que esa niña aparece, el patrón se repite: su amiga se acerca… y ella se siente desplazada.
—Me abandona —dijo con firmeza.
La otra intentó intervenir.
La paré.
—Espera. Deja que termine.
Explicó su versión. Desde el dolor. Desde la herida. Desde esa sensación tan primaria de perder el lugar.
Luego miré a la otra niña.
—¿Qué quieres decir tú?
—Yo no la quiero abandonar. Solo quiero jugar también con la otra niña. Y muchas veces es ella la que se va cuando viene.
Ahí estaba el nudo.
No era abandono. Era interpretación.
Me giré hacia la primera.
—Tu cabeza interpreta que cada vez que ella elige a otra persona, te está abandonando. Pero quiero que pensemos algo. Si alguien decide jugar con otra persona y a ti no te gusta… ¿de quién es esa incomodidad?
Se quedó callada.
—No sé.
—Si tú estás con alguien y esa persona decide estar también con otra, y a ti eso te duele… ¿quién es responsable de ese dolor?
—Yo.
No fue una respuesta impulsiva. Fue una respuesta pensada.
Entonces le ofrecí algo que no era consuelo, sino realidad:
—Tienes dos opciones. Puedes quedarte aunque esté jugando con otra niña y asumir la incomodidad que eso te genera. O puedes decidir no quedarte y asumir la incomodidad de estar sola. Pero lo que no puedes hacer es impedir que el otro elija solo para que tú no sientas incomodidad.
Silencio.
No intenté suavizarlo. No intenté rescatarla. No intenté ofrecer una tercera vía inexistente.
—No te puedo dar otra opción. Tienes que aprender a atravesarlo.
Se quedó pensando. No lloró. No protestó. Se sentó con la idea. La rumiaba. La masticaba por dentro.
Y ahí entendí algo más.
Educar no es evitar que sientan dolor.
Es enseñarles que no todo dolor es injusticia.
Que a veces lo que duele no es lo que el otro hace, sino lo que nuestra mente construye alrededor.
No era abandono.
Era elección.
Y aprender a convivir con la elección del otro sin perderse a uno mismo… es una de las lecciones más difíciles de la vida.
También en primero de primaria.
Eso también es Teaching Soul.